Una noche agitada…

12 04 2009

Salía de la casa de mi novia y solo me bastó caminar dos cuadras para sentir algo extraño. Una sensación de una Bogotá fría, y una soledad estupefacta en sus calles del norte. Era miércoles santo, sin embargo, tenía el ambiente de un viernes; de ese tipo de ambiente que se genera cuando hay un festivo entre semana distinto al lunes. Llegué a la estación del transmilenio y después de esperar unos diez minutos (que no se hicieron tan largos por que hablaba con mi novia por el teléfono móvil) llegó el bus que me llevaba a mi destino: bus “G5” con destino a la estación “Comuneros”. Era el penúltimo bus de la noche, y que sea “G5” significa que hace parada en cada estación que se encuentre en su camino rumbo al portal del sur; unas 19 paradas hasta la estación a donde me dirigía.

El bus no iba lleno, pero no iba tan vacío como de costumbre. Mis 4 puestos favoritos ya estaban ocupados, así que escogí un puesto arbitrariamente contra la ventana, entre la mitad y el final del bus. Un par de estaciones después, se subieron dos señores, de aproximadamente 45 años, muy borrachos. Uno tenía marcas en el rostro de una fuerte golpiza. Comencé a pensar en ese momento que posiblemente una noche de tragos, como la de esa noche, había terminado mal para él. Estaban tan borrachos que les costaba mucho trabajo mantenerse de pie bien agarrados, por que para el momento en que se subieron ya no habían sillas disponibles. Hablaron un poco y luego se fueron para la parte delantera del bus contra la primera puerta. Unas estaciones más adelante se subieron muchas personas y el bus ya se veía lleno. Normalmente me gusta leer en el camino, pero esta vez el libro que me estoy leyendo se me quedó en la casa de mi novia, entonces me puse a escuchar música al máximo volumen posible.

Dos estaciones antes de llegar el sonido de un cristal rompiéndose interrumpió mi canto. Inmediatamente pude ver como la atención de todas las personas a mi alrededor se concentraba en la parte delantera del bus. Me quité los audífonos y escuché una señora decir que había una pela en la parte delantera del bus, que habían roto un vidrio. Una señora que llegó unos segundos después decía que le habían dado un “botellazo” a alguien. Tristemente, para mi curiosidad, debía bajarme en ese momento. Debido a la suplica de una de las señoras asustadas en el transmilenio, me acerqué al señor que vende los pasajes en la estación “Comuneros” y le conté lo sucedido con la esperanza de que él reportara por su radio y hubiera una acción de seguridad. Sin embargo, al contarle me hizo cara de “me importa 5”, no hay nada que hacer. Preocupado por la seguridad en transmilenio y algo confundido caminé a la esquina de la carrera 30 (NQS) con calle 3 para esperar el bus que me llevara a mi casa. Unos minutos más tarde lo tomé.

Antes de llegar a la carrera 50 se subieron unas 5 personas. La ultima en subir era un hombre de unos 30 de no muy buen aspecto. Se subió sin pagar y enseguida salieron de su boca las primeras palabras de un discurso deteriorado para pedir dinero. El bus se detuvo enseguida y fue bajado con violencia verbal. Una noche movida, pensé. Pero lo mejor estaba por suceder.

El bus anduvo unos 3 minutos cuando se subió una señora de unos 50 años, de unos 1,60 m de estatura aproximada, y bastante bullosa. Pregunta desesperadamente si el bus pasaba por el hospital de Kennedy; ante la afirmación de algunos pasajeros ella se subió y el bus continúo su camino. Se sentó cerca a mí, pero en una fila más adelante y en el lado opuesto del bus, de donde yo venía sentado. Preguntó por tercera vez a un muchacho de unos 27 años, que iba sentado un puesto detrás de ella, si esa buseta pasaba por el hospital. Al decirle él que si, fue la mejor oportunidad para empezar una charla entre los dos que escucharía incómodamente el resto de los pasajeros debido al tono de voz de ella. Se escuchaba algo como “Ayyyy papi, gente como usted es la que necesita este país. “ Unos minutos después: “Maravilloooooso papiiii… […] yo soy diseñadora de la Tadeo y tengo una tipografía y le trabajo a los decameron, Corazón”. Cuando ya casi me tenía que bajar la conversación iba en “Te amo papi, eres lo máximo”.

Inicialmente, pensé que estaba drogada. Unos segundos después pensé que estaba borracha. Finalmente, después de ella repetir tanto que iba para “Susalud” (entidad prestadora de servicios de salud), sospeché que podría tener alguna especie de trastorno mental. Al tratar de recordar algo en su historia y no poder hacerlo, ella confesó que había bebido algunas cervezas.

Se me hizo eterno el camino, pero finalmente había llegado a mi destino. Caminaba hacia mi casa, y cuando estaba a 50 metros de llegar a la entrada del conjunto donde vivo, vi en el interior de un carro un movimiento sospecho. La luz interna del carro estaba encendida pero yo estaba un poco retirado para poder ver bien que sucedía. Pensé que se trataba de dos niños jugando, pero cuando estaba muy cerca pude darme cuanta que era una pareja joven peleando. Estaban en un forcejeo, ella tratando de bajarse del automóvil, él tratando de evitarlo con violencia. Justo cuando estaba frente al carro la pude ver llorando y tomándose la boca con su mano izquierda como si él le acabara de golpear allí. Fue una situación difícil, siempre he creído que es mejor no meterse en peleas de pareja, pero mi conciencia no me dejaría tranquilo si permitiera que un infeliz golpee una mujer. Tan pronto como me alejé lo suficiente para que no me vieran, corrí hasta el “CAI” (Centro de atención inmediata) de policía que está a unas dos cuadras de donde sucedía todo. Afuera había un policía solitario a quien saludé y le conté lo que sucedía. Yo tenía la adrenalina alborotada, quería una “atención inmediata”, pero el policía fue demasiado pasivo. Me dio las gracias y se quedó allí inmóvil. Muy frustrado me devolví hacia mi casa, pero me quedé en la entrada de mi edificio esperando si el policía vendría y si en caso de que no viniera que más pudiera hacer. Un par de minutos después, pude ver que el policía se acercaba despacio, caminaba por medio de unos arboles. De pronto la puerta del carro se abre y se escucha la voz de ella ahogada en llanto diciéndole que si no la deja ir comienza a gritar y a llamar a la policía. Tres segundos después ella salé rápidamente del carro y comienza a correr hacia el CAI. Corre unos 10 metros cuando él se baja rápidamente y comienza a correr tras ella. En 2 segundos la alcanzó, la toma por la fuerza, ella lloraba, y cuando parece que va a tener otra reacción violenta se escucha la voz del policía que le recrimina. No sé que pasa, o yo he visto muchas películas o la policía no sirve para mucho. Ella le cuenta lo que sucede al policía. Le dice que ella es menor de edad, que él la esta golpeando, que él está borracho, y todo lo que hizo el policía fue decirle a ella que se fuera, y decirle a él que se quedara ahí hasta que ella estuviera lejos. Cuando ella se había alejado dos cuadras, el agresor se subió al carro y se fue por el mismo camino que había tomado ella, y el policía solo miraba. Personalmente espero que ella hubiera tomado las precauciones necesarias.

Una noche de miércoles santo muy extraña. Quedo muy decepcionado del sistema de seguridad, algo que no es nuevo para nadie que viva aquí, pero que es triste cuando se ve de una manera tan cercana. Me preocupa creer que en transmilenio en altas horas de la noche puede pasar cualquier cosa (inclusive en el interior de un bus) y no hay nada que se pueda hacer por que ya no hay policía. Sin embargo, mi papá me recordó el caso de un joven que asesinaron en una estación a una hora en donde hay policía y sin embargo no paso gran cosa en ese momento. Que triste saber que aún existen hombres que golpean mujeres, que triste que lo hagan en semana santa, y que triste que la policía no haga nada.

Se que ya vendrán más noches agitadas… así funciona el mundo.








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