La noche era fría, fría como ella, fría como nunca, un frío abrumador, del más profundo, del que se suele quedar impregnado varias horas, tal vez días. Pero mientras de lo más alto las gotas no paraban de caer, él ignoraba por completo aquel sublime sonido. Toda su atención se concentraba en ella. Podía predecir sus palabras, podía saber lo que sucedería. Sus manos temblaban, su boca parecía estar seca, el tiempo transcurría en cámara lenta. Entonces el miedo se apoderó de todo su ser, de arriba abajo, tenía que hacer algo cuanto antes, algo que evitara aquello que venía, algo que rompiera el curso, que destruyera ese horrendo destino que parecía marcarlo para siempre. Pero así como la serpiente asfixia a su presa, el miedo lo poseía por completo, el veneno había llegado a su mente, no era capaz de reaccionar, tan solo podía esperar.
Como aquel que fija su mirada al cielo en busca de una estrella fugaz, sus ojos se encontraron, en ese momento nadie dijo nada, solo una lánguida mirada, una sonrisa hubiese creado una profunda herida, pero no fue así. Su mirada era triste, triste como la ultima mirada de una madre antes de que su hijo parta a la guerra, triste como solo la nostalgia sabe mirar. Él esperaba impaciente, dominado en absoluto por la expectativa, sabía que era su hora, que el tiempo había terminado, y mientras un profundo nudo de sentimiento se formaba en su garganta, ella exhaló profundamente, cerró los ojos como para concentrar la fuerza necesaria, bajo la cabeza y permaneció así un cuarto de segundo que pareció la eternidad, subió su cabeza con firmeza, abrió con seguridad sus parpados, fijó su mirada nuevamente en la de él y lo dijo… TE AMO
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